Hay países que yo recuerdo
como recuerdo mis infancias.
Son países de mar o río,
de pastales, de vegas y aguas.

Gabriela Mistral (Agua).

Si en noviembre pasado nos preguntábamos qué necesitan los niños, niñas y adolescentes en nuestra sociedad actual, este agosto decidimos escuchar a lo que realmente nos quieren decir. Fuimos a buscar la teoría donde las reales voces emergen: en conversaciones cotidianas, en la complicidad entre pares y risas gestadas en una acogedora sala de la biblioteca del colegio San Juan Evangelista. Fue así como el pasado 7 de agosto esta institución nos abrió las puertas, reuniendo a un grupo de nueve niños y niñas entre 8 y 9 años que participó de un focus group en torno a la conmemoración del día de la niñez. Les preguntamos qué significa ser niños, qué es lo que más les gusta y lo que no, y también qué país imaginarían si pudieran construirlo a su manera. 

Esta propuesta busca reconocer a las niñeces como protagonistas, agentes activos y generadores de conocimiento, en un mes donde su voz cobra un sentido legítimo y especial. El eje central de esta instancia fue permitir que todas sus ideas fueran expresadas de manera informada, libre, segura y respetuosa. Por ello, se implementaron previamente una serie de consideraciones éticas: la entrega de consentimientos a las familias y también asentimientos a los niños y niñas, en los que se les explicitaron los objetivos de la actividad, así como la posibilidad de retirarse de ella en cualquier momento. De igual manera, se les consultó si podíamos mostrar o divulgar fotografías de sus dibujos. Finalmente, siguiendo ese espíritu de resguardo, para proteger su identidad sus nombres fueron reemplazados por seudónimos que solo conservan sus mismas iniciales.

Me gusta ser niño porque es una oportunidad única en la vida

Les dimos la bienvenida y se acomodaron en sus sillas. “Sale mi nombre en la pantalla”, expresó Joaquina con un tono de emoción, mientras aparecía su nombre junto al de sus ocho compañeros. Firmaron sus asentimientos y acordamos normas para respetar los turnos, dando así inicio a la primera pregunta: ¿Qué significa ser niño y qué cosas les gustan de esta etapa? 

“Podemos hacer cosas más interactivas, como saltar, como jugar y puedes ser más imaginativo” (Valentín). “¡Divertirme!” (Gaspar). “Cuando veo un campo así vacío me gusta ir a correr con mis amigos” (María). Para Miguel la niñez tiene un significado vital: “Me gusta ser niño porque es una oportunidad única en la vida (…) Podemos estar con nuestros amigos de lunes a viernes”. En sus discursos, se hace alusión al ser niño como un continuo movimiento: correr, saltar, hacer gimnasia, jugar a la pelota. Agradecen que su colegio les permite habitar ese espacio desde esa lógica y que esto posibilita el establecimiento de relaciones. En la conversación surgen los lugares que los hacen felices, recurren a su memoria emotiva y a lo más cercano: la casa, el colegio, el recreo, el patio. También nos hablaron sobre la relevancia del cuidado y afecto. “Me gusta ser niña porque hay personas que me cuidan y me quieren” (María). 

En línea con este continuo movimiento, se agrega la autonomía de elegir y hacer. Jorge, además de coincidir con sus pares, explica que este rasgo se perdería al llegar a la adultez: “A mí me gusta ser niño porque puedo correr más y hacer muchas otras cosas. Porque igual cuando eres grande no puedes correr tanto”. Y junto a esa libertad, se van abriendo otros caminos: los niños y niñas comparan -genuinamente- su rutina con la vida adulta, esto mencionado en las voces de Florencia, Javier y Jorge: “A mí me gusta más ser niño porque los adultos tienen que trabajar y hacer las labores de la casa”. “Cuando más grande empiezan los conflictos”. “Los adultos, por culpa del trabajo y esas cosas, no pueden estar con sus amigos”. 

Estos relatos significativos describen que la niñez conlleva una toma de conciencia temprana. La perciben como una oportunidad única, reconocen que el disfrute de esta etapa es algo finito y que la vida adulta les supone retos, desafíos y labores que son desafiantes. Pero también nos da luces del deleite y goce del juego, de cómo lo imaginativo abre un mundo de posibilidades que la vida adulta, atada a la rutina, ya no permite. Si para ellos la palabra “adultez” tuviera una definición en el diccionario sería: rutina, conflicto y quietud. En cambio, la palabra “niñez” no necesitaría definición; solo bastaría con una ilustración de niños y niñas corriendo, tal y como lo describe María, en un campo así, vacío, junto a sus amigos.

Hay países que yo recuerdo como recuerdo mis infancias

Al continuar la discusión, les pedimos a los niños y niñas que imaginaran su propio país, como una especie de geografía de la niñez. Entre las preguntas orientadoras se plantearon las siguientes: ¿cómo se llama tu país? ¿qué forma tiene? ¿qué colores tiene?, ¿qué lugares hay en él? Aquí Florencia, Miguel, Alicia y Joaquina nos regalaron un mapa exacto de cómo se vería su país de la infancia:

Al consultarles sobre sus elecciones, Valentín expresó: «Todo sería gratis para los niños, divertido y fiestero”. Florencia, en cambio, nos habla desde la interpelación: «El lugar donde los adultos no pueden decir no». En sus dibujos vemos colores vivos, estrellas, mariposas, flores, ríos y un barrio donde los niños y adultos conviven, no como simples figuras decorativas, sino como elementos de bienestar. Esto coincide con lo dicho anteriormente: correr, jugar, disfrutar con sus familias y amigos. Es así, como en estas representaciones, “el país del sueño” encuentra al fin un lugar propio dónde habitar. 

En síntesis, las nueve niñeces nos piden y reclaman: no un país distinto, sino que más florido, de escucha, con menos negaciones y, sobre todo, empático. No visto desde la fantasía ni caricatura, sino como un llamado hacia quienes tenemos hoy la responsabilidad de construir la geografía que merecen. Frente a esto, cabe preguntarse: ¿cómo construimos, día a día, ese sueño?

¡Regalos!

Al cierre, les preguntamos qué esperaban para este Día del Niño. Respondieron a coro: “¡Regalos!”. ¿esperábamos esa respuesta? Sí. Pero también nos abre otra pregunta: ¿qué regalos se te vienen a la mente? En esa reflexión y búsqueda existen regalos que no se compran. Pensemos en regalar espacios de calidad, momentos donde exista el tiempo de hablar, discutir y aportar. Es hacer a los niños y niñas parte de tu mundo, de tu propio país. Como padres, madres o docentes, conocemos de memoria ese diálogo automático: “¿cómo estuvo tu día? -bien”; “¿qué hiciste hoy? – nada”. Un intercambio que no es más que un reporte, y que en este focus group no se dio en ningún momento. ¿Por qué? Porque miramos las niñeces desde un lugar que nosotros también habitamos. Durante la interacción hubo en cambio: “cuéntame más, me parece interesante”, “yo también lo viví cuando tenía tu edad”. No es un hablar por hablar, es regalar un continuo movimiento de voces, proyecciones, sueños y anhelos en simetría. 

Por esta razón, convirtamos entonces ese “qué hiciste hoy” en una invitación a situarnos en la interacción y otorgarles un significado propio: “Hijo, hija, te cuento: hoy en el trabajo, hoy en la casa…”, “disfruté mucho del café de la mañana, ¿y tú, compartiste tu colación con alguien?” A veces las respuestas no son inmediatas ni el momento se encuentra de inmediato. Así nos lo hicieron ver los niños y niñas, a través de sus visiones, experiencias y dibujos, en una sincronía de voces, sin forzar la conversación. Como dulces recuerdos de la infancia, agradecemos a esas nueve voces que nos compartieron sus mundos  y nos recordaron que la niñez es una oportunidad única en la vida. 

Carla Sepúlveda Toro

Magíster en Desarrollo Cognitivo

Profesora de Inglés Colegio San Juan Evangelista

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