
Desde que la psicología científica echó a andar a mediados del siglo XIX, la inteligencia ha sido un quebradero de cabeza para los expertos. No hay una única definición que deje contentos a todos; ¿es la capacidad de entender símbolos? ¿La habilidad para adaptarse? ¿O simplemente lo que consideramos «inteligente»? Como decía Jensen, a veces pareciera que la inteligencia es más lo que creemos que es, que algo tangible y objetivo.
En las últimas décadas, la visión sobre la inteligencia ha evolucionado. Ya no se ve solo como una capacidad única y medible. Howard Gardner revolucionó el panorama con su Teoría de las Inteligencias Múltiples, planteando que no hay una, sino varias formas de ser inteligente: desde la lógica-matemática hasta la inteligencia interpersonal y la musical. Para Gardner, reducir la inteligencia a un simple coeficiente intelectual era quedarse muy corto. Por otro lado, Robert Sternberg, con su Teoría Triárquica, también abogaba por una visión más amplia, considerando la inteligencia como un conjunto de procesos cognitivos que se manifiestan de forma diferente según el entorno y el momento.
La inteligencia, esa capacidad que nos define como seres pensantes y adaptativos, siempre ha fascinado a científicos y curiosos por igual. Pero ¿de dónde proviene esta facultad? ¿Está escrita en nuestros genes o moldeada por el entorno que nos rodea? Investigaciones recientes -como las de Ploming y Kawakami (2025) o los trabajos de Lebeer (2024) o los de Kozulin (2023), entre otras- se han adentrado en la compleja interacción entre la herencia y el ambiente para intentar responder a esta pregunta fundamental.
Los científicos han dedicado innumerables estudios a la búsqueda de esos esquivos genes que podrían influir en nuestra inteligencia. Sin embargo, separar la madeja de las influencias genéticas y ambientales en un rasgo tan complejo como la inteligencia no es tarea fácil. Imaginen tratar de desenredar dos hilos firmemente entrelazados: así de intrincado puede ser este campo de estudio.
La conclusión a la que se llega es que la inteligencia probablemente sea el resultado de la acción conjunta de muchos genes, cada uno aportando su pequeña contribución al potencial intelectual de una persona. Además, otras capacidades cognitivas que influyen en la inteligencia, como la memoria y la habilidad verbal, también están influenciadas por factores genéticos adicionales. La influencia genética en la inteligencia sigue siendo un campo de investigación activo y en constante evolución.
Pero la historia no termina en los genes.
La inteligencia también está poderosamente influenciada por el entorno en el que crecemos y nos desarrollamos. Desde los primeros años de vida, una serie de factores ambientales juegan un papel crucial en el desarrollo de nuestras capacidades cognitivas. Entre estos factores encontramos el entorno familiar y la crianza; la educación; la disponibilidad de recursos de aprendizaje; la atención de salud y la nutrición; la calidad de la interacción, entre los más relevantes.
Es crucial entender que los genes y el entorno no actúan de forma aislada, sino que se influyen mutuamente. Esta interacción dinámica hace que sea aún más desafiante desentrañar los efectos individuales de cada factor.
Pensemos en este ejemplo: si un niño muestra un nivel de inteligencia similar al de sus padres, ¿se debe a los genes que heredó, al entorno estimulante que compartieron, o a una combinación de ambos? La respuesta más probable es la última. Los padres con una predisposición genética a una mayor inteligencia también pueden crear un ambiente en casa que fomente el aprendizaje y la curiosidad, reforzando así el potencial genético de sus hijos.
Lo que la investigación nos muestra claramente es que la inteligencia es un estado (no un rasgo) complejo condicionado tanto por nuestros genes como por el entorno en el que nos desarrollamos. No existe un único interruptor genético que active la inteligencia, ni un único factor ambiental que la defina por completo. Es una interacción sutil y continua entre nuestra herencia biológica y las experiencias que moldean nuestras vidas.
Las relevancia de las capacidades cognitivas
Las capacidades cognitivas, por su parte, son un grupo de procesos mentales dinámicos relacionados con el procesamiento de la información que nos permiten interactuar y relacionarnos de forma adaptativa en nuestra vida diaria. Disponemos de diversas capacidades como la memoria, la atención, el lenguaje, etc. que nos permiten percibir, atender, procesar, seleccionar, interpretar, analizar y responder a todo aquello que nos rodea para poder adaptarnos de forma adecuada a nuestro entorno y a los diferentes contextos y situaciones que se nos presentan en cada momento.
Recibimos los estímulos del mundo en el que vivimos a través de los sentidos. La vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto están continuamente recibiendo información. De toda la información que recibimos, parte es procesada por nuestro cerebro, el cual escoge los estímulos más relevantes para interpretar el medio que nos rodea y, mediante su análisis, genera una respuesta adecuada a la situación en la que nos encontramos y que debemos afrontar y traducir en una conducta. Esto lo podemos hacer gracias a que nuestras capacidades cognitivas están funcionando.
A partir del nacimiento y a través de los estímulos que vamos recibiendo a lo largo de nuestro desarrollo se van generando huellas en el sistema nervioso central a través de la especialización de grupos de neuronas. Este desarrollo nos permite relacionarnos con el mundo de forma adaptativa, ajustada y adecuada, respondiendo a las demandas que nos reclama y satisfaciendo las necesidades que nos permiten conservar la vida. Este sistema tan refinado, selecto, delicado y preciso está formado, entre otros, por las capacidades cognitivas.
Las capacidades cognitivas no funcionan de forma aislada, sino que cada acción que realizamos, cada decisión que tomamos y que genera una conducta determinada es fruto del funcionamiento de diferentes habilidades a la vez. De esta manera, conseguimos, de forma conjunta y combinada, un funcionamiento adecuado en nuestra vida cotidiana. Las utilizamos continuamente, muchas veces sin ser conscientes, desde que cada mañana abrimos los ojos y comenzamos el día. Son necesarias para tener recuerdos, realizar acciones, aprender, comunicarnos, saber actuar, dar respuestas, generar comportamientos, estar motivados, analizar, juzgar un hecho, etc.
La importancia de la estimulación
A través de los ejercicios de estimulación adecuados podemos influir en el funcionamiento de las capacidades cognitivas. Con la excitación neuronal correcta conseguimos la activación de las diferentes neuronas implicadas en el funcionamiento óptimo de las distintas capacidades y por lo tanto logramos una adaptación adecuada al contexto. Así, generamos las conductas o comportamientos más eficientes de respuesta o de compensación a las demandas que nos exigen las circunstancias vitales en cada momento.
El sistema nervioso central tiene la capacidad para asumir las funciones circunscritas de un área determinada en otra área completamente distinta, ya sea por proximidad o por reubicación de la función o capacidad. Nuestro cerebro puede modificar su estructura a través de la estimulación cerebral, reorganizando su especificidad neuronal, otorgándole a otras regiones y por tanto a otras neuronas actividades mermadas o deficitarias por causas fisiológicas o físicas. Este es el fascinante fenómeno de la plasticidad cerebral. Con la estimulación procuramos fomentar las capacidades preservadas para instigar la activación neuronal de regiones próximas que en ese momento están desactivadas o su funcionamiento se ha ralentizado.
Los instrumentos de estimulación cognitiva han resultado una herramienta eficaz en el tratamiento de la pérdida de capacidades cognitivas asociado a la edad, por causas fisiológicas o físicas y las pérdidas que tienen que ver con el diagnóstico de demencia. De este modo, la estimulación en este último grupo de personas conlleva una ralentización en el deterioro asociado a la mencionada patología, procurando la independencia y autonomía de la persona por un periodo de tiempo más amplio que si no se actúa estimulando sus capacidades.
Las herramientas existentes dividen las intervenciones en ejercicios asociados a las diferentes capacidades cognitivas. Y aunque no resulta posible entrenar de forma aislada sin que a la vez se activen otras áreas cerebrales asociadas o complementarias a la estimulación que queremos realizar, dicha estructura de estos instrumentos sí resulta ser práctica en el plano operativo del profesional que la tiene que utilizar.
Pero ¿dónde entran los hábitos en todo esto?
Aquí es donde la cosa se pone interesante. Podemos entender una habilidad como una acción que, de tanto repetirse, se convierte en un hábito.
Piensa en aprender a tocar un instrumento. Al principio, requiere esfuerzo consciente y repetición (hábitos). Con el tiempo, esos movimientos se automatizan y se convierten en una habilidad musical. Si tienes facilidad para aprender varios instrumentos, podríamos hablar de una capacidad musical más amplia.
La clave está en la acción constante. Las operaciones mentales, ya sean simples o complejas, no ocurren de forma aislada. Se desarrollan a través de un proceso dinámico influenciado por muchísimos factores: la complejidad de la tarea, la familiaridad con el tema, nuestras experiencias previas, nuestras emociones y la motivación que tengamos.
Cuando una acción no sale como esperamos, la frustración aparece, afectando no solo nuestra mente, sino también nuestras emociones y cómo nos vemos a nosotros mismos.
¿Podemos cambiar nuestra «inteligencia»? Modificar nuestras operaciones mentales no es fácil, pero es posible. Feuerstein nos habla de las funciones cognitivas, procesos básicos que subyacen a todo lo que hacemos mental y emocionalmente. Mejorar estas funciones puede tener un impacto significativo en nuestra forma de aprender y actuar.
En definitiva, ¿inteligencia o hábitos?
Quizás la respuesta no sea una u otra, sino más bien tomar consciencia de cómo los hábitos moldean y desarrollan nuestra capacidad intelectual. Si bien podemos tener ciertas predisposiciones, son nuestros esfuerzos constantes, la repetición y la creación de hábitos positivos los que realmente permiten alcanzar nuestro máximo potencial y desarrollar nuestras diversas «inteligencias».
Y lo que sostiene ese esfuerzo es la convicción, la creencia sobre la propia capacidad de aprendizaje, la cual permite afrontar los desafíos con la disposición a explorar, intentar, fallar y aprender.
Las revolucionarias palabras de Reuven Feuerstein, pronunciadas hace más de cinco décadas, están más vivas que nunca y siguen siendo una invitación a pensar: “la biología no tiene la última palabra”.
Fernando González G.
Doctor en Educación
Universidad de Navarra, España



