Leer como experiencia, no como obligación

En esta época del año, cuando los miedos y peligros parecen ganar terreno, vale la pena mirar algunos hechizos más cotidianos: los que se proyectan sobre nuestras prácticas de fomento lector. Muchas veces creemos estar promoviendo la lectura cuando, en realidad, la estamos oscureciendo. No por falta de esfuerzo o compromiso, sino porque olvidamos que leer no es un acto mecánico, sino una experiencia mediada, emocional y social.

Como sostienen los enfoques contemporáneos sobre mediación lectora —desde la teoría de Reuven Feuerstein hasta las reflexiones de Munita (2020, 2021)—, leer no se enseña solo con textos, sino con vínculos. El mediador de lectura no se limita a transmitir un contenido, sino que genera un encuentro entre lector, obra y mundo. Este encuentro solo ocurre cuando se activan tres necesidades humanas básicas: autonomía, competencia y vínculo (Ryan y Deci, 2000).

Estos son los cinco hechizos más comunes del fomento lector y algunas pistas para romperlos.

  1. El hechizo del mandato: “Tienes que leer”

Obligar a leer es uno de los gestos más bien intencionados y, al mismo tiempo, más contraproducentes. Cuando la lectura se impone, la motivación se apaga. Desde la Teoría de la Autodeterminación (Deci & Ryan, 1985), sabemos que la motivación genuina surge cuando el estudiante percibe libertad y sentido en lo que hace. En cambio, la obligación despierta resistencia o apatía.

Cómo romperlo: ofrecer elecciones reales. Permitir que los estudiantes elijan entre varios textos, propongan títulos, compartan lo que leen fuera de la escuela. La mediación lectora, como recuerda Munita (2022), implica proporcionar un acceso a los mundos escritos y creativos sin quitarle a los lectores la posibilidad de adueñarse de ellos. La autonomía no es un lujo; es la puerta de entrada al deseo de leer.

  1. El hechizo del control: “Debes demostrar que leíste”

Las fichas, los resúmenes y los cuestionarios han sido durante décadas los guardianes del fomento lector. Sin embargo, controlar la lectura es muy distinto de acompañarla. Como señalan diversos autores (Munita, 2022; Sanjuán, 2013; Rubio, 2021), gran parte de la escuela ha creído que por medio de verificar que se leyó esto representa la vivencia lectora. El resultado es previsible: los estudiantes leen para rendir cuentas, no para encontrarse con una historia o una voz.

Cómo romperlo: transformar la evaluación en conversación. Diarios de lectura, podcasts, círculos literarios, debates sobre personajes o finales alternativos. Cuando la lectura se comparte, la comprensión se vuelve más profunda, y el mediador deja de ser un juez para convertirse en un interlocutor.

  1. El hechizo de la neutralidad: “Da lo mismo qué se lea”

No todo texto despierta las mismas emociones ni ofrece la misma posibilidad de identificación. En mi investigación, muchos jóvenes relataban haber perdido interés por leer porque los textos escolares no conectaban con sus mundos, lenguajes o preocupaciones. La motivación lectora no se activa solo por hábito, sino por relevancia simbólica y emocional.

Cómo romperlo: elegir con sensibilidad y sentido. Ser mediador también es ser curador: reconocer qué libros abren preguntas, conmueven o amplían horizontes. Se propone que el mediador debe considerar las obras desde su potencialidad para abrir el diálogo con el otro, porque leer es, en el fondo, conversar con alguien que no está presente; por eso, importa tanto con quién se conversa.

  1. El hechizo del aislamiento: “Leer es una tarea solitaria”

Durante mucho tiempo se ha entendido la lectura como un acto individual y silencioso. Pero la evidencia muestra que los lectores se construyen en comunidad. Munita (2022) plantea que los ecosistemas mediadores —escuela, biblioteca, familia, comunidad— son decisivos para sostener el hábito y el placer lector. La lectura necesita aire, voces, contagio emocional.

Cómo romperlo: abrir espacios donde los libros circulen: clubes escolares, ferias, redes de intercambio, proyectos entre cursos o que unan diferentes generaciones. Hacer visible la lectura. Cuando un estudiante ve leer a otros, cuando escucha a su docente emocionarse, se produce la verdadera transmisión: la del entusiasmo.

  1. El hechizo de la inmediatez: “Leemos para la nota”

La instrumentalización de la lectura —convertirla en un medio para “sacar buena nota”— disuelve su sentido. La motivación lectora sostenida requiere condiciones emocionales y ambientales que permitan experimentar la lectura como una forma de exploración, no como una tarea. La escuela, sin embargo, suele premiar la velocidad y la productividad, olvidando que leer es un acto de pausa, interpretación y vínculo.

Cómo romperlo: rescatar la lectura lenta, sin objetivo inmediato. Lecturas en voz alta sin evaluación, minutos diarios de lectura libre, escritura reflexiva posterior. La mediación aquí consiste en devolver el tiempo a la lectura, para que la experiencia vuelva a ser significativa.

Leer para habitar el mundo

Munita (2020) escribe que “formar lectores es repartir llaves para abrir puertas”, una metáfora luminosa para pensar la mediación. Cada mediador —docente, bibliotecario, familia— tiene la posibilidad de abrir un acceso distinto: al lenguaje, a la imaginación, al pensamiento crítico o al encuentro con otros.

Desde la mirada de la modificabilidad cognitiva de Feuerstein, mediar no es solo facilitar; es transformar las condiciones de aprendizaje para que emerja el potencial del otro. En lectura, esto implica pasar del “te enseño a leer” al “te acompaño a descubrir por qué leer te importa”.

Las sombras del fomento lector no son errores fatales; son síntomas de una educación que a veces olvida la emoción y la experiencia detrás de la palabra escrita. La buena noticia es que pueden disiparse con algo tan sencillo (y tan complejo) como presencia, escucha y sentido.

Hoy, cuando la lectura compite con pantallas, algoritmos y notificaciones, la mediación lectora se vuelve un acto de resistencia. No se trata de volver al pasado, sino de reencantar la experiencia: recordar que leer no es un requisito, sino un modo de vivir más despacio, de imaginar otros mundos y de reconocernos en ellos.

Mediar la lectura, en última instancia, es creer en la posibilidad de cambio del otro —como lo propuso Feuerstein— y también en la nuestra: en seguir aprendiendo a leer con quienes enseñamos a leer.

Makarena Fuentes

Magíster en Desarrollo Cognitivo

Referencias

Munita, F. (2020). Hacer de la lectura una experiencia. Reflexiones sobre mediación y formación de lectores. Biblioteca Nacional del Perú.

Munita, F. (2022). Yo, mediador(a): Mediación y formación de lectores. Ediciones Octaedro.

Ryan, R., & Deci, E. (2000). Intrinsic and Extrinsic Motivations: Classic Definitions and New Directions. Contemporary Educational Psychology, 25(1), 54-67.

https://doi.org/https://doi.org/10.1006/ceps.1999.1020

Rubio, G. (2021). La literatura infantil y juvenil en la trayectoria lectora de futuros maestros: creencias, lecturas y necesidades formativas. Lenguaje y textos, 53, 141-154.

https://doi.org/https://doi.org/10.4995/lyt.2021.15016 

Sanjuán, M. (2013). La dimensión emocional en la educación literaria. Prensas de la Universidad de Zaragoza.

Scroll al inicio