
El estudiante que deseamos ser y que se puede llegar a ser
El aprendiz estratégico es el arquitecto de su propio destino intelectual. No es un mero recipiente que espera el caudal del conocimiento, sino un navegante que traza el rumbo con precisión consciente. Utiliza una caja de herramientas de métodos y técnicas selectivas para no solo absorber, sino dominar la información, transformándola en una palanca poderosa que le asegura la consecución de sus ambiciones académicas y profesionales.
El aprendiz estratégico sabe cómo aprende mejor, es consciente de sus propios procesos de pensamiento y puede evaluar y regular su aprendizaje de manera autónoma.
Antes de abordar una tarea, analiza el objetivo, planifica los pasos a seguir y selecciona las estrategias más adecuadas para lograrlo. Evalúa continuamente su progreso mientras aprende, ajustando su enfoque si es necesario. Se pregunta si está entendiendo, si la estrategia funciona y qué necesita hacer para mejorar. No se adhiere a un solo método. Adapta sus estrategias de aprendizaje a las demandas específicas de cada tarea, ya sea que requiera memorización, comprensión profunda o resolución de problemas. Es capaz de gestionar sus recursos cognitivos, emocionales y motivacionales para mantener el foco, manejar el estrés y superar los desafíos. Investiga y utiliza diversas fuentes y herramientas para complementar y enriquecer lo que ya sabe. Transfiere y aplica lo que ha aprendido a nuevas situaciones, utilizando estrategias flexibles para resolver problemas.
Es decir, ha aprendido a convertir su propio pensamiento en el contenido de su pensamiento.
El secreto de la metacognición
Uno de los primeros autores en utilizar el término metacognición referido al aprendizaje escolar fue el psicólogo cognitivista John Flavell (1979), quien relacionó esta habilidad con el conocimiento que una persona alcanza sobre sus propios procesos cognitivos y, además, con el control que tiene la persona de su propia destreza, generalmente al servicio de alguna meta u objetivo concreto.
En este sentido, la metacognición requiere conocimiento, destrezas y experiencia. Numerosos investigadores han demostrado la estrecha relación que existe entre la metacognición y la resolución de problemas, puesto que pensar metacognitivamente favorece la exploración de un número superior de estrategias disponibles. Sin embargo, los buenos pensadores también descubren y descartan los patrones que no les ayudan en la resolución de problemas.
Los pensadores metacognitivos, en primer lugar, planifican una estrategia para resolver un problema antes de pasar a la acción; luego se hacen conscientes de los pasos y la secuencia de acciones necesarias durante el proceso; y, al final, vuelven y piensan qué pueden aprender de la experiencia.
Tras Flavell, no han sido pocos los investigadores que han ido concediendo una importancia creciente a esta facultad del pensamiento. De acuerdo con Robert Schwartz (2008), la metacognición es una forma de pensar que se diferencia de otros tipos de pensamiento por su particular contenido. La metacognición reflexiona sobre la misma forma de pensar, no sobre un objeto o una persona.
Así entendida, tiene un objetivo claro y relevante en el aprendizaje, por lo que resulta útil trabajarla con los alumnos desde los primeros años de la educación infantil, desarrollando en ellos procesos reflexivos y autónomos que les ayuden a hacerse preguntas y a buscar alternativas mejores a las actividades que realizamos. Pasamos de alumnos pasivamente metódicos a otros de carácter reflexivo que se cuestionan sus aprendizajes desde el principio, buscando su razón de ser, analizando las estrategias y mejorando siempre los procesos. Sin duda, es esencial que los alumnos cobren conciencia de la estrategia que han realizado para resolver un problema, tomar una decisión o realizar cualquier otra operación del pensamiento, de modo que puedan recurrir a ella cuando sea necesario a lo largo de su vida.
La metacognición en la sala de clases
La metacognición aplicada en el ámbito educativo ayuda y beneficia el aprendizaje de los alumnos en diversos aspectos: desarrolla fundamentalmente su pensamiento analítico y creativo, así como la competencia de aprender a aprender; les capacita para asumir la responsabilidad de su propio aprendizaje y les hace conscientes del mismo; les ayuda a centrarse y poner atención en el cómo se realiza este proceso y a esclarecer sus propias metas o propósitos del aprendizaje.
En definitiva, podemos afirmar que, de alguna manera, la metacognición favorece su autonomía, puesto que en cada proceso de este tipo realizan una secuencia cronológica de los pasos que han ido dando para lograr un aprendizaje, adquirir un conocimiento, realizar una tarea o resolver un desafío o problema.
Para aplicar la metacognición en el aula es necesario enseñar a los estudiantes a planificar, analizar en profundidad la estrategia aplicada, encontrando sus debilidades y fortalezas; esto es, a evaluar el proceso y a transferir el conocimiento aprendido para comprobar la efectividad y pertinencia de dicho conocimiento. El docente deberá guiar al alumno a lo largo de la reflexión metacognitiva. Y la forma más adecuada de hacerlo es ayudarle a que se plantee preguntas, de modo que alcance un aprendizaje significativo: el cómo, el por qué y el para qué.
Como vemos, la metacognición afecta también al autoconocimiento que tiene el alumno de sí mismo en materias como la motivación y la realización personal e incrementa su grado de atención en la tarea, puesto que le obliga a centrarse en las estrategias seguidas y los objetivos de las mismas.
Por último, cabe destacar que buena parte de las actividades que se proponen para los hábitos de la mente están basadas en la propia metacognición, en la medida en que tomamos conciencia del hábito que deseamos potenciar y utilizamos las oportunidades que nos brinda el aula y los contenidos del currículo para ponerlos en práctica. En cierto modo podríamos asegurar, sin temor a caer en exageraciones, que la metacognición es la columna vertebral en la adquisición de muchos hábitos de la mente.
El secreto de Jordan
Para Michael Jordan, considerado por muchos el mejor basquetbolista de todos los tiempos, la fórmula de su éxito está intrínsecamente ligada al fracaso.
Lejos de verlo como un obstáculo, Jordan lo considera un pilar fundamental en su camino hacia la grandeza.
Su filosofía se resume en su célebre frase: «He fallado más de 9.000 tiros en mi carrera. He perdido casi 300 partidos. 26 veces han confiado en mí para tomar el tiro que ganaba el partido y lo he fallado. He fracasado una y otra vez en mi vida y por eso he tenido éxito«.
Esta declaración encapsula su perspectiva sobre la importancia del error y las equivocaciones. Para Jordan, el éxito no es la ausencia de fallos, sino el resultado directo de haberlos experimentado y superado.
La mentalidad de Jordan se basa en la idea de que cada error es una oportunidad de aprendizaje. No veía las derrotas como un signo de incapacidad, sino como una lección que le permitía identificar sus debilidades y trabajar en ellas para volver más fuerte.
La mayoría de los docentes están interesados en que sus alumnos encuentren la solución o la respuesta correcta a un problema o a una cuestión y así pasar a la siguiente tarea, pero no se detienen en el proceso, en los pasos dados para lograrlo o en la estrategia utilizada. Sin embargo, esta es la clave para hacer alumnos metacognitivos que no caigan una y otra vez en los mismos errores, sino que aprendan de ellos.
Si al resolver un problema he cometido un error y soy consciente de él, porque he revisado el proceso, en el siguiente problema ya sé lo que no funcionó en mi estrategia y, por lo tanto, puedo corregirme y autorregularme yo mismo.
Si al presentar una tarea escrita me percato de su estructura interna, me resultará más fácil aplicarla a otro tema distinto la próxima vez y de forma más eficiente. Tan importante como encontrar la solución a un problema es tener conciencia del procedimiento adoptado para completar la tarea o el proyecto. De ahí que la gran mayoría de los sistemas educativos estén orientando sus evaluaciones, no tanto a los resultados como a los procesos que nos llevan a conseguirlos.
La escalera: una herramienta eficaz
Una de las herramientas más conocidas para desarrollar la metacognición es la llamada Escalera de la metacognición, desarrollada por Schwartz.
Se trata de una técnica de autoevaluación, cuyo principal objetivo es que el alumno sea capaz de participar de forma activa en su propio proceso de evaluación. Por lo tanto, podemos entenderla como el proceso por el que cada persona percibe, interpreta y valora su propio aprendizaje y desarrollo, las competencias y habilidades, los bloqueos e incluso las experiencias de las que podemos y debemos aprender.
Esta escalera tiene cuatro peldaños:
- Ser conscientes del tipo de pensamiento que se está realizando.
- Identificar y describir la estrategia empleada.
- Evaluar la eficacia de la estrategia que se ha aplicado.
- Planificar el desarrollo del mismo tipo de pensamiento en un futuro.
Cada peldaño corresponde a una pregunta sobre el proceso de aprendizaje, la cual debe ser contestada desde el escalón inferior hasta el superior. Es decir, subimos la escalera y progresivamente nos planteamos cuestiones sobre lo aprendido.
Las preguntas pueden ser las siguientes.
- Primer peldaño: ¿qué método vas a utilizar? ¿En qué estabas pensando en ese momento?
- Segundo peldaño: ¿cómo afrontarías este problema? ¿Qué preguntas te haces a ti mismo? ¿Cuál sería la estrategia para resolver el problema?
- Tercer peldaño: ¿cómo ha funcionado la estrategia? ¿Qué otras podrías usar si esta no funciona? ¿Por qué has elegido esta y no otra?
- Cuarto peldaño: ¿utilizarías esta estrategia la próxima vez? ¿Es útil este ejercicio de pensamiento en tu día a día?

Se trata de una herramienta muy efectiva para adquirir poco a poco el hábito de pensar sobre el propio pensamiento, es decir, de ser conscientes de por qué tomamos las decisiones que tomamos y cómo nos afectan a nivel personal y emocional dichas acciones.
La aplicación de la escalera de metacognición en nuestra vida diaria nos permite incorporar nuevos hábitos de pensamiento. Al hacerlo, fomentamos el pensamiento crítico, la conexión de ideas, la evaluación de las consecuencias de nuestras decisiones, la investigación y el cuestionamiento, promoviendo así un espíritu más crítico frente a la información que reciben de su entorno, ya sea a través de los profesores, familiares, redes sociales o medios de comunicación.
Así podemos llegar a ser ese aprendiz estratégico que deseamos ser.
Fernando González G.
Doctor en Educación
Referencias
Flavell, J. H. (1976). Metacognitive aspects of problem solving. En: L. B. Resnik (ed.). The Nature of Intelligence (pp. 231-235). Hillsdale, N.J.: Erlbaum.
Flavell (1979) «Metacognition and Cognitive Monitoring. A New Area of Cognitive Developmental Inquiry.» American Psychologist. October (pp.705-712).
Pintrich, P. R., E. V. De Groot (1990). Motivational and self-regulated learning components of classroom academic performance. Journal of Educational Psychology 82: 33-40.
Pozo, J. I. (1996). Aprendices y maestros. Madrid: Alianza.
Swartz, R., Costa, A., Beyer B., Reagan R., y Kallick B. (2008). El aprendizaje basado en el pensamiento. Biblioteca Innovación Educativa. Ediciones SM, pág 103 – 112.
Zimmerman, B. J. (1989). Models of self-regulated learning and academic achievement. En: B. Zimmerman y D. Schunck (eds.). Self-regulated learning and academic achievement. N. York: Springer.



