
En la generación de la inmediatez, detenerse es un acto de rebelión, la pausa es un respiro y, en educación, una oportunidad de aprendizaje en donde… ¡vale la pena esperar!
Cuando pensamos en la labor de los docentes en el aula, solemos imaginarlos como protagonistas de la experiencia, en donde el adulto explicita los contenidos, monitorea el trabajo de los/as estudiantes y realiza mediaciones para potenciar sus aprendizajes. Dichas mediaciones las solemos comprender como una instancia en la cual el adulto habla, pregunta, guía, propone y organiza con el fin de alcanzar los objetivos propuestos. Sin embargo, la mediación también puede consistir en el acto consciente de no intervenir.
Educadores mediadores
Los educadores tienen la responsabilidad de acompañar el aprendizaje de sus estudiantes y de ser flexibles a las necesidades y características propias de cada una de sus etapas del desarrollo (Agencia de la Calidad, 2015). Desde esta base, comprendemos que los educadores mediadores generan instancias de identificación de los aprendizajes y su contexto, avanzando hacia una internalización progresiva de los conocimientos y habilidades a través del lenguaje y de las interacciones que se realizan en el aula (Villalta-Paucar et al., 2018), ya que se comprende que el proceso educativo es fundamentalmente social (Rodríguez, 2021).
Por lo tanto, la ausencia de intervención no significa detener la interacción ni la situación de aprendizaje, sino que implica sostener un rol activo desde la observación, confiar en las competencias y capacidades de sus estudiantes, de ir construyendo sus propios procesos de aprendizaje a partir de los conocimientos y habilidades desarrolladas a lo largo de las clases.
La decisión consciente de no intervenir de inmediato puede parecer, a simple vista, una despreocupación por parte del adulto, pero en realidad es un acto de mediación intencionada. En esta misma línea, Feuerstein (1988) nos regala la frase: “un momento… déjame pensar”, en la cual se le da valor a la pausa reflexiva como herramienta para promover la autonomía cognitiva.

Imaginemos una situación en la que el docente plantea a un grupo de estudiantes un problema matemático: “Si en una caja hay 24 lápices y queremos repartirlos en partes iguales entre 6 niños, ¿cuántos recibirá cada uno?”. Ante el silencio inicial, el educador podría intervenir rápidamente recordando la operación de división. Sin embargo, si decide esperar, los/as estudiantes comienzan a pensar en voz alta, probar con sumas repetidas o incluso repartir de manera imaginaria los lápices entre sus compañeros. Ese tiempo de espera permite que surjan estrategias diversas, se fomente el razonamiento lógico-matemático y se promueva la construcción personal del concepto de división.
Desde la perspectiva de Feuerstein (1988), esa pausa encarna la mediación cognitiva: el “un momento… déjame pensar” se convierte en una invitación a detener la impulsividad y generar reflexión antes de actuar. El mediador no entrega la respuesta, sino que posibilita que el estudiante reorganice sus recursos mentales, desarrolle flexibilidad cognitiva y ejercite la búsqueda autónoma de soluciones.
Pensar: tiempo y confianza
Cuando el educador se detiene antes de dar una respuesta o de resolver un problema se transparentan dos ideas clave:
- La primera de ellas es que el pensamiento requiere tiempo, que no todo se debe resolver de forma inmediata, que necesitamos tiempo para desarrollar una respuesta o solucionar un problema, encontrando distintas maneras de enfrentar el desafío. Dweck (2006) señala que cada palabra y cada acto envían un mensaje, pudiendo decirles a los niños cómo tienen que pensar sobre sí mismos y sobre sus capacidades de aprendizaje. Eso incluye la espera.
- La segunda es transparentarles que confiamos en sus capacidades para alcanzar el objetivo propuesto y así lograr la meta presentada. Cuando el adulto genera una pausa, el niño/a explora, toma decisiones y asume riesgos controlados, potenciando su iniciativa y creatividad, además el mediador obtiene información genuina sobre cómo aprenden los estudiantes, qué recursos utilizan y qué necesidades emergen durante este proceso.
En ambos casos, el silencio y la espera del adulto no son pasivas, sino que son actos pedagógicos cargados de intención. El rol de los adultos es garantizar y propiciar espacios de desarrollo desafiantes y oportunos para todos sus estudiantes (Agencia de la Calidad, 2015). Tal como señala Feuerstein, el valor está en enseñar al estudiante a detenerse, pensar y buscar alternativas, interiorizando que el pensamiento requiere esfuerzo, paciencia y tiempo.
Por lo tanto, el desafío está en distinguir entre una pausa pedagógica beneficiosa para los estudiantes y una omisión que limite sus oportunidades de aprender, comprendiendo cuándo su presencia pasiva es constructiva y cuándo es necesario intervenir para evitar un deterioro en sus posibilidades.
Constanza Osorio
Magíster en Desarrollo Cognitivo
Referencias
– Agencia de la Calidad de la Educación. (2015). Marco para la buena enseñanza. Santiago de Chile: Ministerio de Educación.
– Dweck, C. S. (2006). Mindset: The new psychology of success. New York: Random House.
– Feuerstein, R., Rand, Y., & Rynders, J. (1988). Don’t accept me as I am: Helping “retarded” people to excel. New York: Plenum Press.
– Feuerstein, R., Feuerstein, R. S., & Falik, L. H. (2010). Beyond smarter: Mediated learning and the brain’s capacity for change. New York: Teachers College Press.
– Rodríguez, S. (2021). Aprendizaje y construcción social del conocimiento. Barcelona: Editorial UOC.
– Villalta-Paucar, E., González-Pienda, J. A., & Núñez, J. C. (2018). Interacciones en el aula y aprendizaje: El papel del profesor como mediador. Revista Latinoamericana de Psicología Educativa, 20(1), 45-60.
– Vygotsky, L. S. (1979). El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Barcelona: Crítica.



