
En un mundo con infinitos estímulos, puede ser difícil escoger a qué prestarle atención. ¿Debería estudiar para la prueba? ¿Leer este blog? ¿Ver “reels” un “rato”? Es entendible que se suela escoger la opción que ofrece una recompensa inmediata, sobre todo después de una jornada completa de trabajo. Sin embargo, esta entrada no se va a tratar sobre la importancia de la atención sostenida; sobre ese tema hay una entrada interesante que lo profundiza con claridad para los lectores interesados.
Esta entrada, más que enfocarse en las consecuencias y los peligros que involucra prestarle atención a estímulos de respuesta inmediata, va a tratar sobre qué se puede ganar invirtiendo tu atención justamente en esas cosas que preferimos apartar con incomodidad. Con esto no hago referencia a la famosa procrastinación del estudio, el trabajo o los quehaceres hogareños. Tampoco, aunque se acerca, a una pelea con la pareja o un familiar. Más bien, me refiero a esas cosas que justamente tienen un espacio en psicoterapia y que muchas veces se utiliza esta como excusa para no tener que pensarlas más de 50 minutos a la semana.
¿A qué es lo que realmente no queremos prestarle atención?
En este punto surge la pregunta, sobre todo para las personas que nunca han asistido a un proceso psicoterapéutico: ¿qué son estas cosas misteriosas? No son algo específico, todo lo contrario. Son pensamientos, emociones, recuerdos únicos para cada persona. Únicos en un doble sentido, ya que no solo son irrepetibles el conjunto de circunstancias en el que ocurrieron, sino que, más importante todavía, hay una interpretación de estos propia de cada persona que los experimentó.
Entonces ¿a qué es a lo que realmente no se le quiere prestar atención? ¿Al hecho en sí, o a la interpretación del hecho? ¿Por qué esta distinción importa? Bueno, es fundamental, ya que es justamente la interpretación de los hechos la que trae una incomodidad.
Por ejemplo, piensa en algún momento incómodo de tu pasado. No tiene por qué ser el mayor de tus traumas; puede ser algo tan simple como una presentación que no salió como querías. Ese recuerdo, de por sí, no es necesariamente incómodo. Un error presentando, de por sí, no tiene una carga afectiva que genere el no querer pensar en este. Lo que causa que desvíes la atención es la interpretación de ese error. Más aún, la interpretación de la interpretación de tu error: “qué pensaron los otros de lo que yo interpreto fue un error?”.
qué implica esta metamirada sobre las situaciones? Esta evaluación de los hechos que ocurre a posteriori y que genera algo tan importante que moldea lo que pensamos y lo que no durante nuestras vidas. Parece importante prestarle atención.
Prestarse atención tampoco es rumiar
Para hacer esto no es necesario ir a terapia (aunque sí es recomendable). Desde el comienzo, la psicoterapia vino de la mano de lo que se llama “autoanálisis” o, para otros autores un tanto más dramáticos, la “lucha con la sombra”.
Dichos métodos tienen limitaciones. Al final del día, se trata de intentar pensar en aquello que llevas apartando con justa razón. Esto último puede parecer contradictorio a lo que esta entrada parece querer demostrar, no obstante, prestarse atención puede ser algo muy dañino. Y es que hay un motivo a que estemos prácticamente las 15 horas del día en que estamos despiertos, tratando de evitar pensar ciertas cosas. Evitación que, por cierto, tiene muchos nombres según el enfoque desde el que se trabaje: mecanismos de defensa, disociación, represión, algunos supuestos “déficit de atención”, etc.
Volviendo a la paradoja sobre si prestarse o no atención, el evitar cumple un rol en el ser humano, nos permite funcionar en sociedad. Si cada vez que cometemos un error nos preguntamos qué fue lo que nos dolió de dicha situación, terminaríamos en posición fetal, temblando y no queriendo saber nada del mundo. No solo es funcional, sino que actualmente se considera un trastorno el preguntarse demasiado las cosas. El trastorno de ansiedad generalizada o el trastorno depresivo mayor incluyen lo que se conoce como pensamientos rumiativos o rumiaciones. Incluso, en el DSM-V, aparece descrito un trastorno llamado “trastorno de rumiación”. Todos hemos experimentado esto en algún grado, mayor o menor, y no hace falta decir que no son agradables.
La diferencia entre reflexionar y castigarse
Sin embargo, hay una diferencia. Una diferencia que tiene que ver con desde dónde se tienen estos pensamientos. Desde qué lugar ocurren. ¿Desde un lugar autocastigador y sin un fin real de mejoría? Esto equivaldría a algo así como un perro persiguiendo su cola después de haber botado un vaso con esta ¿O hay un fin tras estos pensamientos? Un perro que reflexiona sobre su error y es capaz de aprender que debe tener cuidado cada vez que pasa cerca de un vaso.
Lograr esto puede ser complejo por cuenta propia. Podemos cometer el error de ser muy severos o muy blandos con nosotros mismos. Debido a esto, una estrategia que puede ser útil es pensar en nuestras interpretaciones de los hechos. Preguntarse qué nos llevó a realizar tales interpretaciones.
En este punto, el modelo ABC de Albert Ellis puede ser útil para ilustrar esta idea. Según este modelo, hay tres factores. En primer lugar está la “A”, que significa “Adversity” o “adversidad”, pero, para que sea más claro, se puede entender como los acontecimientos en sí. Después está la “B”, “Beliefs” o “creencias”. Y, por último, está la “C”, “Consequences”, es decir, las consecuencias emocionales que tuvo el acontecimiento o adversidad.
Lo novedoso de este modelo es la “B”. Las creencias son las que nos permiten explicar por qué un acontecimiento tuvo una determinada consecuencia. Es lo explicado anteriormente como las interpretaciones, conscientes o inconscientes, de los hechos.
Aquí es donde uno se debe detener para prestarse atención verdaderamente. Son nuestras creencias las que moldean cómo nos percibimos y juzgamos. Tal vez botar un vaso de agua por accidente significa que no eres el mejor amigo del hombre. Tal vez haya una creencia de fondo que te lleve a pensar que un error en público es mostrar vulnerabilidad y eso va en contra de todo lo que quieres o crees ser.
A modo de conclusión, se podría decir que prestarse atención no significa pensar en todo lo que nos ocurre ni rumiar indefinidamente sobre nuestros problemas. Significa poder detenernos frente a aquello que nos incomoda y preguntarnos qué hay detrás de esa incomodidad. Muchas veces, no es el acontecimiento en sí lo que queremos evitar, sino la interpretación que hacemos de él. En medio de infinitos estímulos, quizás prestarse atención comience justamente por preguntarnos qué estamos evitando mirar y qué interpretación hace que resulte tan incómodo hacerlo.
Gregorio Vergara
Psicólogo



