En la primera entrega hablamos del rol de los cuentos como medio para desarrollar la moral y adquirir enseñanzas fundamentales. Ahora, profundizaremos en cómo estos relatos dialogan directamente con el mundo interno de los niños, convirtiéndose en espejos de sus miedos, deseos y vivencias más profundas.

Ayudan a procesar miedos característicos de la infancia

Los cuentos tienen un valor fundamental en las profundidades de la mente humana, especialmente en la infancia. Muchas veces, estos relatos abordan de forma simbólica las angustias, necesidades y temores propios de esta etapa. Desde el miedo a la separación que aparece en la primera infancia, hasta las primeras ideas sobre la muerte, los cuentos permiten abordar y elaborar temas emocionales complejos que, de otro modo, serían difíciles de enfrentar.

No es casualidad que las mismas historias hayan sido contadas una y otra vez, en distintas culturas y épocas. Su carácter universal nos habla de que responden a experiencias humanas compartidas. Historias como Hansel y Gretel, Ricitos de Oro, El patito feo o incluso La sirenita permiten procesar temores relacionados con el abandono.

Asimismo, cuentos como La Bella Durmiente, Blancanieves o Pinocho introducen, de manera simbólica, las primeras ideas sobre la muerte, permitiendo elaborar esa angustia a través del lenguaje narrativo. Si un niño pide escuchar repetidamente una historia en particular, es muy probable que esté intentando trabajar emociones vinculadas al contenido de ese cuento.

Esto es lo que se conoce como compulsión a la repetición: la tendencia a repetir una misma temática una y otra vez como forma de procesarla. Ya sea a través de dibujos, historias o juegos, los niños recurren a estos medios para darle sentido al mundo que los rodea. Por eso, los cuentos resultan especialmente valiosos, ya que permiten elaborar de forma simbólica aquellos aspectos que aún no pueden expresar con palabras.

Niño escuchando cuentos infantiles para procesar emociones
Imagen recogida de Wikimedia

Permiten elaborar aspectos complejos que se buscan evitar

Pero este impacto emocional no siempre es tan directo. Por ejemplo, en múltiples relatos y mitologías a lo largo de la historia de la humanidad, aparece con frecuencia la figura de una “madre malvada” (como en Rapunzel, Coraline o incluso en representaciones como la diosa Kali). Esta figura puede interpretarse desde una perspectiva infantil como la expresión de sentimientos de descontento, frustración o rabia que todos los niños experimentan alguna vez.

Puede ser que no hayan recibido la atención esperada, que se les haya negado un deseo simple como comer su postre favorito, o que hayan vivido una situación cotidiana como una gran injusticia. Y es que los niños sienten con intensidad: si se les cae un juguete, pueden romper en llanto; si no obtienen lo que quieren, lo viven como una verdadera pérdida. Esto se debe a que su mundo emocional gira en torno a pocas experiencias clave —jugar, comer, sentirse queridos—, por lo que cualquier alteración en esas áreas puede resultar tan impactante como lo sería para un adulto una discusión con su jefe o una avería importante en su auto.

Explicar esto en detalle es importante para comprender el ejemplo mencionado anteriormente. Dado que los niños viven sus emociones con tal intensidad, es común que, en ciertos momentos, alojen sentimientos de rabia o rencor hacia sus figuras cuidadoras, muchas veces sin que los padres sean conscientes de ello. Para un niño emocionalmente sano, esto genera un conflicto interno: se enfrenta por primera vez a la complejidad de querer a alguien y, al mismo tiempo, sentirse molesto con esa persona. Es ahí cuando puede surgir la culpa: ¿Cómo puedo sentir esto hacia alguien que amo? Y muchas veces, por esa culpa, se prefiere no mirar directamente esos sentimientos.

Los cuentos, en cambio, ofrecen un espacio seguro para hacerlo. En este terreno simbólico, sentimientos difíciles pueden ser proyectados en personajes como madrastras o villanas clásicas. Son figuras que funcionan como chivos expiatorios: permiten al niño expresar su descontento de manera simbólica, protegida y adaptada a su nivel de desarrollo.

Representación simbólica de emociones infantiles en cuentos clásicos
Imagen recogida de PNGWING

En las primeras etapas, el niño aún no es capaz de integrar de forma madura los aspectos positivos y negativos de una misma persona. De hecho, no sería lejano decir que muchos adultos tampoco logran hacerlo: basta con escuchar frases como “mi ex estaba loca” o “ese jefe era un imbécil” para ver cómo seguimos tendiendo a dividir a las personas entre buenas o malas. Por eso, los cuentos pueden ser un primer paso hacia una mirada más compleja y sana de las relaciones humanas. Un niño que, a través de una historia, aprende que puede sentir rabia sin dejar de querer, empieza a integrar esos matices. Así, sus padres dejan de ser figuras amenazantes solo porque le dijeron que no a un segundo “Super 8”, y puede comenzar a trabajar la culpa que conllevan esos sentimientos hacia las personas que ama.

Subjetividad propia del sujeto

Es natural que muchos padres se pregunten: ¿entonces todo lo que le leo a mi hijo tiene un significado oculto?¿Qué cuentos debería elegir? Vivimos en un mundo donde el acceso a libros y relatos es casi infinito, y eso puede ser abrumador. Sin embargo, es precisamente esta diversidad lo que enriquece la experiencia: cada niño interpreta los cuentos desde su historia personal. Esto es lo que se llama la subjetividad del sujeto. Un mismo cuento puede tener significados muy distintos para distintos niños. Uno puede ver en Hansel y Gretel una historia de abandono, mientras que otro la puede vivir como un relato de independencia y crecimiento.

Por eso, lo más aconsejable es ofrecer a los niños una variedad de cuentos y observar con atención cuáles eligen, qué personajes los inquietan o fascinan, y qué temas aparecen una y otra vez en sus elecciones. Esas pistas pueden decirnos mucho más de lo que parece.

Conclusión

A modo de cierre, quizás lo más importante que nos dejan los cuentos es su capacidad para contener y transformar. Nos recuerdan que lo que no se puede decir con palabras directas, a veces encuentra expresión en una historia. Que lo que nos asusta puede volverse comprensible cuando toma forma de relato. Y que los niños —al igual que los adultos— necesitan narraciones que les permitan poner en escena sus emociones, deseos y temores, para luego poder integrarlos, elaborarlos y crecer con ellos.

Los cuentos no son solo entretenimiento. Son, en muchos casos, el primer lenguaje con el que los niños comienzan a hablar de sí mismos.

Gregorio Vergara
Psicólogo

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