
Cuando pedimos algo que no sabemos definir
Probablemente cuando éramos niños/as nuestros padres o profesores nos dijeron en innumerables ocasiones, la frase “¡Pon atención!” cuando nos desconcentrábamos mientras estábamos realizando una tarea escolar o doméstica, apareciendo como una instrucción casi automática. Pero, ¿qué significa poner atención?, ¿es una frase que un niño/a es capaz de comprender?, ¿qué esperaban los adultos que nosotros realizáramos al decirnos esto? Si bien es una frase que escuchamos e, incluso, repetimos con frecuencia, pocas veces nos detenemos a pensar qué significa realmente y la complejidad de procesos que implica.
Porque la realidad es que “poner atención” no constituye una acción simple ni inmediata, implica la participación coordinada de una serie de procesos cognitivos, que permiten seleccionar, mantener y dirigir el foco hacia la información relevante, dejando de lado otros estímulos presentes en el ambiente. Estas habilidades no aparecen de manera espontánea ni están completamente desarrollados en la primera infancia, si no que son habilidades que evolucionan gradualmente a medida que el cerebro se desarrolla, y se fortalecen gracias a las experiencias de aprendizaje mediado que los adultos planifican e intencionan como este fin en situaciones cotidiana o en contextos de aprendizaje.
No es capricho: así funciona el cerebro que atiende
Como señala Diamond (2019), una de las habilidades más importantes para la felicidad y el éxito en la escuela y en la vida, es la capacidad de mantenerse enfocado y prestar atención, resistiendo las tentaciones a actuar de manera impulsiva. Estas capacidades permiten que los niños/as regulen su comportamiento, persistan frente a los desafíos y desarrollen una autonomía gradual. Para explicar este proceso, la autora propone una familia de tres habilidades denominadas Funciones Ejecutivas, compuesta por tres funciones básicas: la Flexibilidad cognitiva, la Memoria de trabajo y el Control inhibitorio, las cuales sustentan habilidades más complejas como la planificación, la resolución de problemas y la autorregulación.
Dentro de estas funciones, el Control inhibitorio es definido como la capacidad de controlar la atención, el comportamiento, los pensamientos y las emociones, anulando estímulos internos o externos, favoreciendo un comportamiento apropiado o necesario en cada contexto (Diamond, 2013). Gracias a esta habilidad, es posible evitar responder de manera impulsiva, respetar turnos, seguir instrucciones o mantener el foco en una actividad a pesar de las distracciones.
Lo que es esperable (y lo que no) según la edad
Sin embargo, el desarrollo del Control inhibitorio representa uno de los mayores desafíos durante la primera infancia. En esta etapa es esperable que los niños/as presenten periodos breves de concentración, especialmente cuando están desarrollando experiencias que no son de su interés o que impliquen permanecer sentados, restringiendo su exploración y movimiento. Por lo que esperar que un niño/a tenga la capacidad de mantener la atención de igual manera que un adulto no solo es poco realista, sino que también desconoce las características propias del desarrollo en la primera infancia.
Sin atención, no hay aprendizaje significativo
En este contexto, resulta importante comprender que la atención constituye la puerta de entrada para los demás procesos cognitivos. Cuando un niño/a logra focalizar su atención, aumenta la probabilidad de que pueda comprender el lenguaje, incorporar nueva información en la memoria, resolver problemas, planificar acciones y establecer relación entre los nuevos aprendizajes y los adquiridos previamente. Es decir, sin atención resulta muy difícil que se consoliden aprendizajes significativos, independiente del contexto en el cual se estén desarrollando.
La buena noticia es que la atención no es fija ni depende exclusivamente de características individuales, si no que se puede desarrollar y fortalecer gradualmente a medida que la persona se exponga a experiencias significativas, relaciones afectivas seguras y ambientes que favorezcan el aprendizaje activo, con adultos mediadores que favorezcan la adquisición de esta habilidad.
Desde ahí es clave que, como adultos, mantengamos expectativas realistas con respecto a los procesos de atención de los niños/as, considerando que la exploración, curiosidad y movimiento son manifestaciones propias de un desarrollo saludable, las cuales representan la forma natural en que los niños/as conocen el mundo, constituyendo al juego como el medio inherente para el aprendizaje.
Jugar es atender: la ciencia detrás del juego libre
Desde la política pública chilena, el juego ocupa un lugar central en el desarrollo infantil. Las Bases Curriculares de Educación Parvularia lo reconocen como uno de los ocho principios pedagógicos que ayudan a comprender, organizar, implementar y evaluar las experiencias de aprendizaje (MINEDUC, 2018). En este marco, el Principio del Juego se comprende como una actividad natural de los niños/as cumpliendo un “rol impulsor del desarrollo de las funciones cognitivas superiores, de la afectividad, de la socialización, de la adaptación creativa a la realidad” (MINEDUC, 2018, p. 32). De este modo, el juego constituye simultáneamente una expresión del desarrollo, una forma de aprendizaje y una condición necesaria para que este ocurra.
Es por estas características, que el juego constituye uno de los contextos más favorables para el desarrollo de la atención y las funciones ejecutivas. Cuando los niños/as participan en experiencias lúdicas que resultan atractivas, desafiantes y significativas, la atención deja de ser una exigencia externa impuesta por el adulto, y pasa a convertirse en una respuesta natural al interés que genera el juego, desarrollando la atención voluntaria, siendo una consecuencia natural de su interés. En estas situaciones la atención tiene una duración mayor, aumentando la motivación por perseverar y se favorecen los procesos de memoria de trabajo, flexibilidad cognitiva y control inhibitorio.
Esto explica que un niño/a pueda permanecer por largos periodos de tiempo construyendo con bloques, interpretando un personaje o jugando con barro o agua, mientras que le resulta mucho más difícil sostener la atención frente a una tarea poco significativa para ellos o excesivamente dirigida por un adulto. La diferencia no radica únicamente en la capacidad de la atención del niño/a, sino también en la calidad de la experiencia que se le ofrece.
Del «pon atención» al «mira cómo lo hago»
Por ello, más que pedir constantemente atención, los adultos podemos preguntarnos qué condiciones estamos generando para que esa atención ocurra de manera natural, intencionado ambientes que reduzcan los estímulos innecesarios que puedan interferir en estos procesos cognitivos. La organización del espacio físico, la disposición de los materiales, la anticipación de las rutinas, la disminución del ruido ambiental, la reducción de tiempos prolongados de espera y la presentación ordenada de los recursos son elementos que contribuyen significativamente al desarrollo de la atención.
Asimismo, el lenguaje que utilizan los adultos también desempeña un papel relevante. En lugar de entregar instrucciones generales como «pon atención», resulta mucho más efectivo expresar de manera concreta aquello que esperamos del niño/a, por ejemplo: «quiero que me mires a tu amigo cuando te quiere decir algo» o «observa cómo lo hago para que después sea tu turno». Estas indicaciones entregan una referencia clara sobre la conducta esperada y facilitan que los niños/as comprendan qué acción deben realizar.
La atención se construye: el desafío de familias y educadores
En síntesis, más que exigir atención como si dependiera únicamente de la voluntad infantil, el desafío para las familias y los educadores consiste en generar experiencias, relaciones y ambientes que favorezcan su desarrollo desde el curso natural de la primera infancia. Comprender cómo evoluciona esta habilidad nos permite acompañar el aprendizaje con expectativas realistas, respetando los ritmos de desarrollo y reconociendo que atender no es una capacidad innata, sino una competencia que se construye progresivamente a través del juego, la interacción y las oportunidades de aprendizaje significativas.
Constanza Osorio
Magíster en Desarrollo Cognitivo



